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Atreverse a probar algo nuevo como montar patineta después de los 40 años puede parecer un acto de rebeldía, pero realmente para mí fue una gran lección de vida

Cuando era niño me costaba entender a las personas que iban en patineta. ¿Cómo era posible que escogieran la patineta frente a la bicicleta? ¿Cómo podrían preferir un vehículo inestable, lento e imposible de frenar frente a la sólida, cómoda, segura y veloz bicicleta? Me parecía totalmente ilógico. 

Hace unas semanas, en conversación con Giada, mi coach, le explicaba cómo había cambiado mi percepción de las patinetas con el pasar de los años y cómo había, finalmente, comprendido por qué ciertas personas preferían las patinetas a las bicicletas. Las prefieren porque son cool. Las prefieren, justamente, porque son inestables, lentas e imposibles de frenar, pues estas características hacen que quien las monte deba desarrollar un equilibrio increíble, muchísima coordinación y un gran sentido de la anticipación. También quizás la aceptación de que, sí, efectivamente, de vez en cuando se van a caer y se romperán probablemente alguna cosilla. De hecho, en patineta no va el que quiere ¡sino el que puede!

Equilibrio, anticipación, coordinación, ¡qué talentos valiosos! Son habilidades que aprecio mucho y realmente quiero desarrollar e incluir en mi vida. Así que Giada, siempre genial me dijo: Muy bien Carlos, ya tengo tu tarea de la semana ¡Tienes que ir a comprarte una patineta!… ¡Quién me manda a mí a abrir mi bocota!, dije entre risas. Pero la verdad es que la idea me encantó. Así que, el sábado siguiente, me fui con mi Léon, mi pequeño de cinco años a una tienda del centro especializada en patinetas. Aprovechamos el viaje para reparar la suya y comprar una nueva para mí. 

En la tienda que visitamos se respiraba un aire cool y relajado. Allí hasta los vendedores son skaters, todos aficionados y fanáticos. Mientras reparaban la patineta de Léon, aprovechamos para ver los modelos y probar la mitad de la tienda. Léon lleva todo el año tomando clases de patineta, así que era él quien las probaba y me decía cuáles eran más chéveres. Yo, con un poco de miedo pues nunca en mi vida había hecho patineta, decidí ser valiente y subirme a una para probarla. El vendedor, quiso agarrarme de la mano, pues sabía que era novato y no quería que me rompiera la frente en medio de su tienda. Sin embargo, yo sentía una especie de confianza dentro de mí y decidí lanzarme solo. Para sorpresa de todos, yo mismo incluido, pude mantener el equilibrio bastante bien. Quizás porque llevo unos años rodando en monopatín eléctrico o, quizás, porque llevo unos años trabajando en el equilibrio de mi vida pero, a los 46 años resulta que puedo montar patineta. 

Estuvimos un buen rato probando patinetas hasta que encontré la mía. Una tabla azul, amplia, decorada con jeroglíficos y con ruedas anchas para hacer desplazamientos largos. Le había explicado al vendedor que mi intención no era hacer piruetas, ni saltar aceras, sino más bien desplazarme y pasear por la ciudad. Una vez mi patineta lista, con mis rodamientos de calidad instalados y mis ruedas rojas anchas, el vendedor me dio una pequeña clase de iniciación. Me dijo que en la patineta los movimientos deben ser siempre suaves y armoniosos. Y que los que se precipitan, siempre terminan en el suelo. ¡Qué lección de vida!, justamente lo que estaba buscando desarrollar para mi vida, equilibrio, ritmo y conexión, para fluir en armonía con la vida. Giada, siempre brillante, sintió bien lo que era justo para mí y me lanzó en esta aventura que podría parecer descabellada, de empezar a hacer patineta a los 46. 

Por esos días, mi hermano me mandó un extracto del libro “De un solo aliento” de Sir Paul Dukes, que me parece justo y apropiado para la ocasión : 

“¿Le tiene usted miedo al riesgo?, me dijo una vez más con gentileza, aunque todavía con algo de reproche. Comprenda esto claramente. Ningún hombre puede adquirir un conocimiento de esta naturaleza sin riesgo de morir. Dios, mal aplicado es el diablo. Solo hay una fuerza en la creación. El bien y el mal dependen exclusivamente de su aplicación”. 

Para reflexionar, ¿no?