Soy Carlos Malatesta. Esta es la historia de cómo pasé de construir una empresa que me estaba enfermando a construir una vida donde el éxito no me cuesta la salud ni la familia. Y de por qué hoy dedico mi tiempo a que otros no tengan que aprenderlo por las malas.
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Nací en Buenos Aires, hijo de madre italiana y padre venezolano, y siendo muy niño mi familia se mudó a Venezuela. Poco después mi padre se fue de casa, y mi madre quedó sola con tres hijos, sin poder volver a Argentina y sin poder ejercer como la profesora universitaria que había sido.
Para sacarnos adelante hizo de todo. Traducía, tejía suéteres, trabajaba como secretaria, y llegó a tener hasta seis trabajos a la vez para poner comida en la mesa. Verla me marcó para siempre, y muy pronto me hice una promesa: nunca iba a volver a vivir así, e iba a salir adelante como fuera para ayudarla.
Ese fue el motor de casi todo lo que vino después. Y también, sin saberlo, la raíz de lo que casi me destruye.
Estudié con disciplina y me gradué como ingeniero, primero de mi clase. Conseguí un buen puesto en Mitsubishi Corporation en Venezuela y empecé a ganar más dinero del que había tenido nunca. Pero el hambre seguía intacta, y con ella una sensación de estancamiento, así que tomé una decisión radical: vendí todo y me fui a Europa.
Me instalé primero en España, donde hice un máster y, tras años duros, entré a trabajar en BP Solar. Durante siete años gestioné proyectos solares por toda Europa. Ahí también conocí al amor de mi vida, y por ella, después de diez años en España, me mudé al sur de Francia, donde pedí un traslado a BP Solar Francia aceptando un puesto más bajo y peor pagado.
Poco después llegó la oportunidad que lo cambiaría todo, aunque en ese momento parecía cualquier cosa menos una oportunidad.
Tras el derrame del Golfo de México en 2010, BP decidió cerrar su división solar en todo el mundo. Su filial francesa habría corrido la misma suerte, así que en 2013, junto a cuatro socios, la compramos y la rebautizamos como Apex Energies. Sobre el papel, pasé a ser dueño de una empresa. En la práctica, heredé una compañía que solo daba pérdidas. Tenía tensiones constantes con mi socio y, por delante, años de lucha por sobrevivir en los que más de una vez pensamos en abandonar.
Y mientras peleaba esa batalla, mi vida personal se caía a pedazos. Perdí a mi primer hijo, mi matrimonio se tensaba y me alejaba de todo lo que quería. Hacia afuera, la foto era perfecta: una empresa propia, una familia hermosa. Pero por dentro yo vivía cansado, de mal humor y profundamente infeliz, apagando con alcohol y tabaco unos dolores viejos y una sensación que no me soltaba, la de estar fracasando.
Que quede claro, porque suele contarse al revés: yo no era un empresario exitoso al que un día le llegó un cáncer. Era alguien atrapado en una empresa que lo estaba enfermando, y que confundía la fachada con el éxito.
En 2015 me diagnosticaron un cáncer en estadio 1. El médico me dijo que no me preocupara, que me operaban y seguía con mi vida como siempre. Pregunté cómo evitar una recaída y me respondieron que había sido un accidente de la vida. Así que no cambié nada.
Dos años después, en 2017, el cáncer volvió. Esta vez era una metástasis en estadio 3, con un 30% de probabilidades de sobrevivir.
Entendí que, persiguiendo sin freno una idea de éxito, estaba a punto de enfrentar el mayor fracaso de todos: que mis hijos crecieran sin padre, repitiendo exactamente el ciclo de mi propia infancia. No podía permitirlo.
Decidí transformarlo todo. Empecé a cuidar mi alimentación, a hacer ejercicio y a entrar de lleno en mi desarrollo personal. Busqué mentores para sanar heridas viejas, investigué a fondo sobre el cáncer y combiné el tratamiento médico con prácticas que, como ingeniero, jamás habría mirado antes. Aprendí que era más importante sanarme que proteger mi ego científico.
Ese proceso me devolvió energía y claridad, y lo que empezó como una búsqueda de salud terminó cambiando mi forma de dirigir. Llegaba mejor a la oficina, decidía mejor, reparé la relación con mi socio y me convertí en mejor líder. Fue entonces cuando lo entendí: al construir un cuerpo y una mente incompatibles con el cáncer, había construido también una versión de mí incompatible con el fracaso.
Con esa nueva forma de trabajar, Apex despegó. Doblamos la facturación tres años seguidos, y la empresa dejó de depender de mí para funcionar. En diez años llevamos una compañía que solo daba pérdidas a facturar un récord de 140 millones de euros, y terminé vendiéndola a Macquarie Asset Management, un fondo de inversión global, por más de 100 millones de euros.
Pero el aprendizaje más importante no fue financiero, sino personal. Comprendí que el crecimiento real de una empresa está directamente ligado a la energía, la claridad y el liderazgo de quien la dirige. No se trata solo de la estrategia, sino de quién eres mientras la ejecutas.
De ahí nació Success Sin Estrés, el programa donde comparto el sistema exacto que apliqué en mi propia vida para transformar mi energía, mi mentalidad y los resultados de mi empresa, sin sacrificar todo lo demás.
Con lo que dejó la venta podría haberme retirado, pero el juego empresarial me sigue apasionando, así que hoy reparto mi tiempo entre varias cosas que me apasionan:
Hoy vivo en Italia con mi esposa y mis tres hijos, con una vida que por fin integra lo profesional, lo personal y un propósito. Eso, para mí, es el verdadero éxito: cuando el crecimiento es integral.
No comparto todo esto para que admires un camino, sino porque sé que hay muchos empresarios viviendo justo donde yo estuve: dándolo todo, y pagándolo con lo que más importa. Si tú eres uno, hay otra forma de hacerlo, y puedo mostrártela.
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